En octubre de 2025, durante la jornada de Photanure, mientras nos llevaban a Veta La Palma para fotografiar a los flamencos, surgió entre varios compañeros de afición una conversación que cambiaría por completo mis expectativas: el Martín Pescador. Aquella pequeña ave, veloz y tan deseada por los fotógrafos, parecía un objetivo reservado a la suerte.
Entonces alguien comentó: “¿Sabéis que se puede ver uno en el Parque del Alamillo?”. Todos nos quedamos un momento incrédulos: “¡Anda ya, cómo va a ser eso posible!”. Pero cuando nos enseñó algunas de las fotografías que había tomado allí, la incredulidad se transformó en ilusión. Desde ese instante supe que fotografiar al Martín Pescador había dejado de ser un sueño lejano para convertirse en algo posible.
Pasó un mes, y finalmente, en una fresca mañana de diciembre, pude acudir al parque acompañado de Sergio, otro apasionado de la naturaleza como yo. Nos dirigimos al observatorio de aves dispuestos a probar suerte. Allí coincidimos con otros fotógrafos: algunos acudían cada día, otros lo hacían ocasionalmente, e incluso algunos se desplazaban desde localidades bastante alejadas, atraídos por el mismo deseo que nosotros: contemplar y fotografiar a aquel pequeño rayo azul.
En ese lugar se comparten historias, consejos y anécdotas, pero nadie baja la guardia. Todos permanecemos atentos, buscando con la mirada un pequeño destello azul que surca el aire a ras de agua, en dirección a uno de sus posaderos. Entonces se hace el silencio, se preparan las cámaras y solo se escuchan los zumbidos de los obturadores. Con el dedo en el disparador, esperamos el momento exacto para activar la ráfaga e intentar capturar la toma perfecta.
Y de repente, como un rayo, se deja caer hacia el agua. Se oye un leve chapoteo y, casi de inmediato, vuelve a elevarse hacia otro posadero. Allí se sacude el agua y, si ha tenido suerte, regresa con un pececito brillante en el pico. Todo sucede en un abrir y cerrar de ojos.
Cuando termina, no queda más remedio que asombrarse. Y lo maravilloso es que, cada vez que lo contemplas, vuelves a asombrarte como si fuera la primera vez.
Desde aquella primera visita he repetido en varias ocasiones: por intentar conseguir nuevas imágenes del Martín Pescador, por reencontrarme con los habituales del lugar y compartir con ellos un rato tan agradable, y por descubrir las otras aves que habitan ese mirador y la laguna que domina. Es un rincón lleno de vida que merece ser observado y cuidado; un lugar que nos hace olvidar, por un rato, los muros de hormigón entre los que vivimos y que nos devuelve una sensación muy valiosa: la humildad ante la naturaleza.



















