Último día del puente del primero de mayo. Las lluvias recientes han quedado atrás y el amanecer se presenta limpio, fresco, con nubes dispersas que decoran un cielo azul suave. Hay una calma especial en el aire, de esas que invitan a salir sin prisa. Arranco la furgo y pongo rumbo hacia la marisma.
Dejo atrás la Dehesa de Abajo y continúo por una carretera que, casi sin avisar, se transforma en un camino elevado sobre un muro de defensa. Lo sigo con parsimonia. A mi izquierda, un paisaje inundado, vibrante, donde el agua y la vegetación se funden en un mosaico verde y cambiante; a la derecha, terrenos agrícolas, más o menos explotados, trazando un contraste más sobrio y ordenado. Avanzo hasta que el camino me obliga a girar: una valla impide seguir recto. He llegado a la frontera, a las lindes del Parque Nacional de Doñana.
La mañana sigue siendo joven, todavía fresca. Continúo muy despacio, casi en silencio, como si no quisiera perturbar lo que está por revelarse. Y entonces comienza el espectáculo.
Tras la valla, la marisma se abre infinita, inundada hasta donde alcanza la vista. Un verde intenso, rebosante de vida gracias a las lluvias generosas de las últimas semanas. El cielo y el agua parecen dialogar. Bandadas de espátulas cruzan en formación, mientras garzas reales y blancas se reparten el territorio con elegancia. Martinetes ocultos entre la vegetación, garcillas bueyeras inquietas, una infinidad de patos salpicando las láminas de agua. Aparecen también moritos, cernícalos en vuelo suspendido, y alguna gran rapaz dominando el cielo con autoridad.
Cada pocos metros me detengo. Bajo la ventanilla, contengo la respiración y disparo la cámara. Avanzar así es lento, pero profundamente satisfactorio. No hay prisa cuando el camino es el destino.
Finalmente llego al centro de visitantes. Se percibe cierta actividad, pero permanece cerrado por reformas, necesarias y esperadas. Dejo la furgo y continúo a pie hacia la zona arbolada e inundada cercana. Allí, el sonido lo llena todo: un coro ensordecedor de aves. Los árboles están literalmente cubiertos de garcillas, en plena faena, ajenas a mi presencia. Es una escena caótica y hermosa, viva en cada rama.
El sol empieza a apretar y, poco a poco, las aves se retiran y buscan refugio. Es momento de regresar. Deshago el camino con la sensación de haber asistido a algo único, con esa mezcla de calma y emoción que solo la naturaleza sabe ofrecer. Y, sobre todo, con muchas, muchísimas ganas de volver.

Bandada de Espatulas


Paisaje infinito

Martinete

Marisma





















